Llevas años siendo el mejor docente de tu asignatura. Y nadie lo sabe.

Javier Zamora Saborit, España

No porque tu trabajo no valga, sino porque vives dentro de él sin asomarte. La rueda gira y tú con ella, con los méritos y las acreditaciones y los tramos y las publicaciones en revistas indexadas que leerán cuatro personas del mismo gremio. El sistema te pide que demuestres que existes y tú demuestras, y mientras tanto lo que de verdad sabes hacer, lo que llevas años construyendo en el aula, en tus investigaciones, en las conversaciones con tus estudiantes, eso se queda dentro. Invisible para el mundo y visible solo para los que ya están en la sala.

Hay algo profundamente contradictorio en eso, porque somos profesionales de la transmisión del conocimiento y resultamos ser pésimos transmitiéndonos a nosotros mismos, y esto no es un problema de capacidad sino de hábito y de foco. Nos han entrenado para hablar hacia dentro, para publicar hacia dentro, para validarnos hacia dentro, y el resultado es que hay docentes extraordinarios que fuera de su facultad no existen, que tienen cosas que decir que les servirían a miles de personas y esas cosas duermen en un repositorio institucional que no visita nadie.

Hace unos meses, durante la primera sesión de una microcredencial sobre inteligencia artificial, pregunté a cincuenta y cuatro docentes universitarios: «Si mañana tuvierais un asistente invisible que os ayudara a preparar vuestra asignatura, ¿en qué parte de vuestro trabajo lo utilizaríais primero?». Cuando comenzaron a responder, nadie dudó. Las respuestas surgían rápido, casi con alivio: las rúbricas, los exámenes, esos mensajes dirigidos al grupo que ya escriben casi sin pensar porque llevan años enviando el mismo texto con un asunto distinto; en definitiva, todo aquello que ocupa tiempo sin aportar demasiado, lo que se hace porque toca y no porque importe de verdad. Pero ninguno dijo: «Quítame las tutorías»,ninguno quiso delegar la decisión de qué merece la pena enseñar este año, nadie mencionó esa conversación a mitad de semestre con el estudiante que ya ha desconectado, pero todavía no lo sabe, y lo que me pareció más revelador es que todo eso que nadie estaba dispuesto a ceder era exactamente lo que les hacía irreemplazables.

Los datos de esa experiencia fueron concretos: la IA redujo casi a la mitad el tiempo de planificación, el ahorro en feedback escrito rozó el 80% y en rúbricas el 67%, pero lo que importa no son esos porcentajes sino lo que varios de esos docentes hicieron con el tiempo que recuperaron. Algunos retomaron tutorías que llevaban meses postergando, otros se sentaron por primera vez en mucho tiempo a pensar si lo que estaban enseñando tenía el sentido que querían que tuviera, y uno me dijo sin dramatismo que llevaba años sintiéndose un gestor de archivos con título, que preparaba, corregía, respondía, pero que hacía tiempo que no reconocía su propio trabajo en lo que producía. Eso no lo arregla la inteligencia artificial, sino el espacio que deja cuando te quita lo que no necesitaba ser tuyo.

Y ese espacio es exactamente donde debería vivir tu marca personal. No en un logo ni en aprender a escribir posts, sino en algo anterior y más importante: en pararte a pensar qué estás haciendo y por qué lo haces de esta manera y no de otra, qué has aprendido que le podría servir a alguien que no está en tu departamento ni en tu congreso. En salir del circuito cerrado donde todos se conocen y todos se citan entre sí, y hablar también hacia afuera, en LinkedIn, en un artículo accesible, en una charla fuera del ámbito académico, en cualquier sitio donde haya gente que no sabe que existe lo que tú sabes y que lo necesita, aunque todavía no lo sepa.

Trabajar tu marca personal como docente no es una vanidad ni una distracción. Es reconocer que el conocimiento que no se comunica no existe para quien lo necesita, que tienes una voz que se ha formado durante años y que merece llegar más lejos que el aula del martes, que las herramientas para hacerlo están al alcance de cualquiera dispuesto a usarlas con intención. La rueda del hámster seguirá girando y los méritos no van a desaparecer, pero entre vuelta y vuelta hay una decisión que puedes tomar: seguir siendo invisible para todo el mundo excepto para los que ya te conocen, o empezar a trazar tú esa línea entre lo que eres y lo que el mundo puede ver de ti. Esa línea, de todas formas, se va a trazar. Y siempre será mejor escribirla uno mismo que dejar que otros lo hagan.

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