Subirse a la mesa. Alza tu voz en la era de la IA
Begoña Pérez de Lema, España
El profesor Keating —Robin Williams— entra al aula a recoger sus cosas. Le han despedido injustamente. En la clase le sustituye el director: un hombre de normas, rígido, sin espacio para nada que se salga del guion. Keating se dirige a la puerta de salida. Y entonces, uno a uno, los alumnos que habían formado con él el Club de los Poetas Muertos empiezan a subirse a sus pupitres. Se quedan de pie. Y le gritan Oh capitán, mi capitán —el poema de Whitman que él les había enseñado a declamar— mientras el director les ordena a gritos que bajen de la mesa.
Me viene a la cabeza esta escena de El club de los poetas muertos mientras escribo este artículo. Tendría yo unos veinte años cuando la vi. Lloré muchísimo. Estaba a punto de empezar la universidad.
Y es curioso que me haya acordado precisamente ahora. Quizás sea porque en ella están algunos de los valores que para mí son esenciales hoy en la educación. La necesidad de humanizar. El valor de tener referentes. Y el coraje de hacer oír la propia voz, aunque cueste.
Pero antes de motivar a un alumno para que suba a su mesa, hay que haberse subido a la propia. Yo he tardado lo mío en subirme a la mía. Y ahora que estoy arriba, lo que más me importa es ayudar a otros a subirse a la suya.
Mucho ruido, pocas voces
Llevo más de treinta años trabajando en el sector educativo y nunca había visto tanto contenido circulando con tan poca escucha al otro lado, fuera del aula y también dentro de ella. La inteligencia artificial ha multiplicado nuestra capacidad de producir mensajes hasta extremos que hace poco parecían ciencia ficción, y a la vez ha hecho que casi todos esos mensajes se parezcan entre sí. Tenemos más ruido que nunca y, a la vez, cada vez menos voces que digan algo de verdad.
Cuando todo suena igual, aunque tenga una apariencia perfecta, quien recibe el mensaje se pregunta si hay alguien real detrás. Los jóvenes que hoy llenan nuestras aulas se lo preguntan constantemente.
Mi hija me enseñaba hace poco el feedback sobre su trabajo de fin de grado, firmado por su tutor y perfectamente elaborado por una IA. Recibió unas instrucciones impecables, pero su tutor perdió la oportunidad de convertirse en ese referente que mi hija buscaba justo en el momento de cerrar la universidad.
Y no le pasa solo a ella. Toda su generación tiene un especial interés en detectar lo que es de verdad y lo que no. El Edelman Trust Barometer de 2024 confirma que el 84% de las personas necesita compartir valores con una marca para relacionarse con ella, y en la Generación Z esa exigencia condiciona directamente su criterio de elección. No les convence sólo el folleto institucional, por impecable que sea. Buscan personas con nombre, con experiencia de vida, con criterio.
La tentación de desaparecer
Y, justo cuando más necesitamos profesionales de la educación visibles y presentes, la tecnología está tentando a muchos a desaparecer. Un estudio publicado en Frontiers in Artificial Intelligence en enero de 2026 describe el riesgo de que el docente pase de autor pedagógico a gestor de datos y contenidos: alguien que supervisa lo que genera la IA, pero que ha dejado de hablar con voz propia.
Un profesional con décadas de experiencia, con una mirada formada y con cosas que decir, cuando calla deja un hueco dentro de su institución y priva a sus alumnos de algo que ninguna herramienta puede sustituir.
Para qué existe tu voz
En mi trabajo acompañando a profesionales en la gestión de su marca, he aprendido que el freno casi nunca está en la falta de herramientas o de capacidades. Está en una pregunta previa que muchos no se han hecho: ¿para qué quiero que mi voz exista?
Esa pregunta es la raíz de todo lo demás. El para qué, el propósito, los valores: lo que sujeta tu marca personal (y tu voz) por dentro, la hace tuya y la diferencia de las otras. Y entender el para qué es también lo que nos da el valor para subirnos a la mesa. Porque cuando sabes para qué existe tu voz, callar deja de ser neutral y se convierte en una responsabilidad: con tu institución, con tu profesión y, sobre todo, con los alumnos que esperan un referente.
El efecto de «la voz raíz»
Esa responsabilidad, que parece un asunto individual, tiene una dimensión institucional enorme. Cada profesional de una comunidad educativa que comunica desde su propósito, de forma libre y alineada con los valores compartidos, amplifica la credibilidad de la institución entera. El mundo anglosajón lo llama multiplier effect. Yo prefiero llamarlo el efecto de «la voz raíz», y para explicarlo me gusta pensar en las secuoyas.
La secuoya es el árbol más alto del mundo; puede superar los cien metros. Uno esperaría que se sostuviera gracias a unas raíces hundidas a enorme profundidad, pero es justo al revés: sus raíces son poco profundas. Lo que las hace fuertes es que se extienden hacia los lados y se entrelazan con las de las otras secuoyas, hasta formar bajo tierra una red que sostiene a todo el bosque. Ningún árbol se mantiene en pie por sí solo. Se sostienen unos a otros.
Con la voz pasa algo parecido. Una voz con raíz no crece hacia dentro, en soledad: crece extendiéndose, conectando con otras. Cuando un profesional habla desde su propósito, los que están alrededor —alumnos, compañeros— se sienten sostenidos y se atreven a hacer oír su voz única.
Liberar las voces
Ahora bien, ese subirse a la mesa para hacer oír la voz tiene que ser libre, consciente y voluntario. La autenticidad no se ordena desde un decanato.
Los alumnos saben distinguir al profesor que habla porque tiene algo que decir, porque cree en la institución y en lo que hace, del que comparte porque se lo han mandado. Por eso es fundamental que las instituciones creen las condiciones de confianza para que cada profesional decida cuándo y cómo subir a su mesa, y se atreva a usar su voz.
De la teoría al lunes por la mañana
Tanto si eres un profesional del sector educativo como si perteneces a otro, quizás te preguntes por dónde empezar. Lo primero no es comunicar, sino mirarse hacia dentro: poner en marcha un proceso consciente de marca personal, ese que empieza por el autoconocimiento, el propósito y la propuesta de valor de los que venía hablando. La voz llega después, cuando ya sabes desde dónde hablas. Y entonces el camino se vuelve sencillo: elegir tres o cuatro temas que sean de verdad tuyos, publicar con cierta constancia, contar lo que pasa de puertas adentro.
Tu voz les enseña a buscar la suya
Un profesional que ha reconectado con su identidad, su vocación y su propósito, y que se atreve a mostrarse con coherencia, se convierte sin querer en facilitador del mismo proceso en sus alumnos. Su voz «con raíz» les muestra que merece la pena echar las propias, y se vuelve referente para que empiecen a buscar la suya.
Keating no enseñó a sus alumnos a subirse a la mesa. Les mostró, con su manera de estar en el aula, por qué merecía la pena hacerlo. Y cuando llegó el momento, ellos eligieron subir.
¿A qué esperas para subir a la tuya?